La palabra de hoy 2 de mayo de 2012


Ciertamente su casa conduce a la muerte;
sus sendas llevan al reino de las sombras.
Proverbios 2:18

Hay mujeres que olvidándose de sus votos matrimoniales se dedican a ser infieles a sus maridos. Este comportamiento se debe en parte a una injustificable respuesta defensiva a las agresiones físicas y psicológicas de sus maridos machistas y en parte también a las ideas postmodernas del feminismo. Pero la razón principal detrás de esta infidelidad está en la naturaleza pecaminosa que hace que la persona se deje guiar por sus pasiones y deseos carnales sin importarle si se rompen o no las reglas establecidas en la palabra de Dios o las normas establecidas por la sociedad misma. Aprovechándose de sus encantos femeninos, estas mujeres se dedican a cazar incautos, hombres sin experiencia ni sólida base moral para discernir lo bueno de lo malo, haciendo caer a estos hombres inexpertos en el mismo hoyo en que se hayan ellas. El existencialismo de las post-guerra rompió con toda referencia moral externa para darle paso a una responsabilidad moral consigo mismo que fácilmente podía convertirse en irresponsabilidad al permitir que los estándares morales pudieran ser definidos a gusto del individuo.

Pero no nos engañemos. Tanto el hombre como la mujer que entran en una relación adúltera son culpables de transgredir la ley de Dios y por lo tanto se encuentran atrapados por las redes del pecado y sujetos a las consecuencias que este mal comportamiento les traerá a sus vidas. Es cierto que es más fácil para una mujer seducir a un hombre que la acción contraria de un hombre seducir a una mujer, pero ambos son culpables y están sujetos a recibir en juicio todo el peso de la ley. El sabio sabrá como alejarse de aquellas situaciones en que su integridad moral se vea tentada por una oportunidad de satisfacción de sus pasiones. El hombre sabio se da cuenta inmediatamente de cuándo una situación o una relación aparentemente normal e inofensiva puede degenerar en pecado y condenación. No nos dejemos guiar, pues, por los deseos de la carne y permitamos que el Espíritu Santo se encargue de dirigir nuestro camino para evitar las trampas que a nuestro paso colocan nuestros enemigos, Satanás, el mundo y la carne. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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