La palabra de hoy 8 de mayo de 2012


Me dije a mí mismo:
«Mientras esté ante gente malvada
vigilaré mi conducta,
me abstendré de pecar con la lengua,
me pondré una mordaza en la boca.»
Salmos 39:1

Una de las herramientas evangelísticas más importantes con la que cuenta un hijo de Dios es su testimonio. Aquellos que no quieren creer en Dios, a pesar de todas las evidencias que existen para demostrar su grandeza y su poder, nos observan cuidadosamente para buscar una falla en nuestra conducta con la cual poder acusarnos después de que predicamos una cosa y hacemos otra y de que Dios no existe. Ellos nos están invitando constantemente a que los acompañemos en sus tropelías, y si por error nuestro lo llegamos a hacer, después se burlan de nosotros por causa de nuestra debilidad. De esta manera cometemos doble falta, la primera porque nos dejamos convencer por ellos de hacer el mal y la segunda por dañar nuestro testimonio como hijos de Dios. No hay nadie perfecto y esto incluye a los cristianos. De allí que debemos ser muy cuidadosos y estar muy alertas porque los ataques y las tentaciones del enemigo serán redobladas en contra nuestra.Cuidemos también de no caer en el error de la santurronería, es decir de aparentar ser santos cuando en verdad sabemos que no lo somos. Por otra parte, si nuestra conducta es apropiada, no les estaremos dando oportunidad para que se mofen del evangelio.

En todo caso, aún más importante que la conducta que exhibimos en la presencia de otros, es la conducta que mantenemos cuando nadie nos ve, es decir, cuando sólo Dios nos ve. Esa es verdaderamente la prueba de nuestro compromiso con el Señor. Si nos aprovechamos de la soledad para dejar que la carne controle nuestras acciones nuestro testimonio delante del Padre celestial se viene abajo porque nadie puede engañar a Dios. Cuidemos, pues, en todo momento cómos actuamos y cómo nos desempeñamos, estemos solos o acompañados. Lo importante no es lo que la gente piense de nosotros sino lo que Dios conoce de nosotros. Dios nos ha equipado con nuestra conciencia y con la presencia del Espíritu Santo quien se encargará de hacernos saber cuándo estamos apartándonos de la senda de justicia. Prestemos atención a su voz. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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