Persecución pasajera


En su corazón dijeron: «¡Los haremos polvo!»,
y quemaron en el país todos tus santuarios.
Salmos 74:8

Una de las cosas que la historia nos confirma es que la persecución a los hijos de Dios de parte de los enemigos del reino de Dios es pasajera. Es posible que al encontrarnos envueltos en medio de las dificultades pensemos que ya todo está perdido y que Dios nos abandonó y no quiso meter su mano para aliviarnos del conflicto y del sufrimiento. Es muy difícil para cualquier ser humano ver más allá de su entorno más cercano cuando uno se encuentra en medio de fuertes ataques y presiones. Es como si Dios dijera: ¿Dices que confías en mí? Déjame quitarte mi protección por un instante para ver cuán lejos puedes avanzar sin mí. Es en ese instante cuando todo lo que representaba firmeza y apoyo desaparece y nos encontramos en medio de un violento torbellino sin nada a que asirnos. Buscamos a Dios por todas partes y no hay nada que nos muestre que él está cerca. Sólo nuestra fe es lo que está presente y en realidad es lo único que nos puede ayudar en ese terrorífico momento.

Todos hemos estado, en menor o mayor grado, envueltos en una situación donde nos parece que Dios nos ha abandonado. Cuando te tocó a ti ¿pudiste aferrarte a tu fe para capear el temporal hasta el retorno de la gracia de Dios? Parte del objetivo de la enseñanza que Dios nos concede en estos casos es que lleguemos a entender que los planes de Dios están muy por encima de nuestros planes y de que él es soberano siempre, independientemente de cómo nos sintamos en ese momento o de cuáles sean nuestras circunstancias. En una tormenta la visibilidad disminuye considerablemente pero eso no significa que lo que antes veíamos ha desaparecido. No es sino hasta cuando termina la tormenta que las cosas comienzan a aclararse. Poco a poco van apareciendo y nos damos cuenta de que nuestro temor era infundado. Igual sucede con la protección que nos brinda el Señor Jesús. Siempre está ahí, aún cuando no podamos verla o experimentarla. Dios es fiel y nunca nos abandona, por lo que podemos confiar plenamente en él. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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