Alegría y claridad


Los preceptos del Señor son rectos:
traen alegría al corazón.
El mandamiento del Señor es claro:
da luz a los ojos.
Salmos 19:8

A la naturaleza pecadora del hombre le agradaría en gran manera que no existiesen ni leyes ni principios que gobiernen su conducta. Según quienes se dejan guiar por esta tendencia, esa sería la verdadera libertad: no tener que responder a nadie por sus actos. Esta presunta libertad no es posible porque no estamos solos. Siempre hemos de vivir en comunidad y por lo tanto todos los miembros de esa comunidad deben cumplir con determinados requisitos y obligaciones necesarios para mantener un estado de equidad y justicia dentro del grupo. El filósofo inglés Thomas Hobbes desarrolló estas ideas en su conocida obra “Leviatán”. Allí definió la libertad absoluta como el estado de naturaleza. Los hombres en el estado de naturaleza ceden sus libertades y derechos individuales a un soberano fuerte a cambio de protección. Es decir, el origen del Estado es el pacto que realizan todos los hombres entre sí, subordinándose desde ese momento a un gobernante, el cual procura por el bien de todos los súbditos y de él mismo. Muchos años antes de que Hobbes trabajara con estas ideas Dios estaba estableciendo un pacto con su pueblo para normar la justicia.

Toda sociedad necesita leyes y reglamentos. ¿Se imaginan ustedes que de un plumazo se eliminasen todos los semáforos de su ciudad? ¿Se imagina el caos que se produciría? Conozco algunos lugares donde no hace falta eliminar los semáforos para que se produzca el caos y ésto obedece, básicamente, a que la gente ignora los principios básicos de la leyes de tránsito. Las sociedades necesitan orden para que haya equidad y justicia. El plan de Dios para los hombres es que vivamos en obediencia a las leyes y principio que él ha establecido. La obediencia debe surgir del amor que nosotros sintamos por Dios; de lo contrario estaremos viviendo bajo opresión y coacción. La ley de Dios genera orden, paz y prosperidad. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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