Fuente de poder


Despliega tu poder, oh Dios;
haz gala, oh Dios, de tu poder,
que has manifestado en favor nuestro.
Por causa de tu templo en Jerusalén
los reyes te ofrecerán presentes.
Salmos 68:28-29

De acuerdo con la primera ley de la termodinámica, toda acción requiere un esfuerzo y todo esfuerzo requiere un poder. A todos nos gusta pensar que todo lo que hacemos es el resultado de nuestro propio esfuerzo, capacidad, iniciativa o trabajo. Al hacer ésto estamos voluntaria o involuntariamente olvidándonos de que no podemos generar poder por nosotros mismos. Dependemos de una fuente de poder o energía externa que nos permita realizar el trabajo a cumplir. Si hacemos las cosas basados en nuestro propio esfuerzo terminaremos agotados rápidamente porque nuestra energía disponible es muy limitada. De allí que dependemos de una fuente de poder externa que nos permita llevar a cabo con éxito las tareas que emprendemos. En el caso de los hijos de Dios, tenemos que entender que nuestra capacidad proviene totalmente de Dios. Ya se lo dijo el apóstol Pablo a los creyentes de Filipos: “Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad”.

Por lo tanto, cada vez que emprendamos una tarea o nos dediquemos a llevar a cabo nuestra misión como cristianos, tengamos en mente que el éxito no depende en manera alguna de nuestra energía o capacidad. El éxito dependera de la medida en que obedientemente dependamos de Dios para llevar adelante las acciones planificadas. Un poema compuesto en 1855 por Joseph Scrivin y enviado a su madre, por estar ella atravesando serios problemas y pruebas, entre otras cosas dice “¿Estás débil y cargado De cuidados y temor? A Jesús, refugio eterno, Díle todo en oración.” Este poema eventualmente llegó a convertirse en un famoso himno conocido con el título “Oh qué amigo nos es Cristo”. ¿Te sientes agotado? Acude a Dios en oración y él te dará las fuerzas necesarias para seguir adelante. Con su poder, es mucho lo que podemos lograr. Sin su poder estamos destinados al fracaso. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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