Trayecto


El camino del Señor es refugio de los justos
y ruina de los malhechores.
Proverbios 10:29

Me viene a la mente el título de un libro escrito hace unos cuantos años titulado “¿Por qué me cuesta tanto vivir la vida cristiana?” o algo por el estilo. La provocativa pregunta del título es válida para prácticamente todos los hijos de Dios. Quien no se haya hecho esa pregunta es por que simplemente no está tratando de vivir como Dios espera que vivamos. Vivir la vida cristiana y transitar por los caminos de Dios son expresiones equivalentes. Andar en todo momento por las sendas que Dios preparó para nosotros no es tarea fácil. El funesto trío de enemigos que constantemente se opone a nuestro avance por esa senda no descansa y nos bombardea sin cesar con todo lo que tienen a la mano para hacernos caer, y créame que su arsenal es cuantioso. En esto de andar por las sendas de Dios quizá el peor adversario sea nuestra propia naturaleza carnal, la cual buscará desviarse del camino simplemente porque no le gusta obedecer ni que se el impongan condiciones. Queremos vivir una vida de libertad que más que libertad es una vida de libertinaje, en la cual nos rebelamos y nos negamos a rendir cuentas de nuestras acciones y pensamientos.

¿Cómo lograremos, pues, mantenernos centrados y bien orientados en el camino de la verdad y la justicia? La respuesta es asombrosamente simple. No dije fácil; dije simple. Tenemos que hacer morir diariamente lo carnal que hay en nosotros (que es mucho) y dejar que el Espíritu Santo nos renueve, nos transforme y nos moldee a la clase de cristiano que Dios puede utilizar para llevar a cabo sus propósitos. Cuando nos dejamos utilizar por Dios estamos dando honra y alabanza a su nombre y también estamos trabajando para el establecimiento del reino de Dios entre los hombres. No nos descuidemos, pues, y estemos pendientes de esas situaciones en las que nuestra carne quiere y logra tomar el control de nuestras vidas. Pongamos estas áreas de nuestra vida en las manos de Dios para que él se encargue de limpiarlas y adecuarlas a sus planes y propósitos. Así estaremos haciendo morir lo nuestro y dando espacio para que el Espíritu Santo tome el control. ¡Sólo a Dios sea la gloria!

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