Orgullo destructor


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Al orgullo le sigue la destrucción;
    a la altanería, el fracaso.

Proverbios 16:18

 

Una de las falacias más populares y difundidas a nivel mundial, que transciende toda cultura y sistema religioso, es que el hombre es básicamente bueno. Nos gusta pensar que somos seres perfectos que tenemos algunas imperfecciones o defectos pero que en lo general somos dignas y buenas personas. Cuando se nos habla del pecado inmediatamente lo asociamos con algunas conductas criminales y reprobables tales como el homicidio o el robo. Una de nuestras respeuestas preferidas cuando somos confrontados con el hecho del pecado en nuestra vida es: “Yo no he matado a nadie” y eso nos hace acallar nuestra consciencia y dar un cierre definitivo al argumento que busca hacernos dar cuenta de que la verdad es que todos somos seres malos y pecadores.

Sin darnos cuenta, el orgullo— pensamiento destructor y uno de las peores actitudes del ser humano— nos engaña sutilmente y nos da un falso sentido de complacencia y seguridad.

Lo cierto es que el orgullo sólo conduce a la fatal destrucción de nuestras vidas y al apartamiento de nuestro andar del camino correcto que nos guía a Dios y a la suprema felicidad. Todo el mundo quiere ser feliz y vivir en perfecta paz pero ésto es algo que nadie consigue alcanzar, así traten de engañar a otros y a si mismos de que lo han logrado mediante una ética atrtificial plagada de posturas piadosas y una falsa espiritualidad.

Tenemos que reconocer, con genuina humildad, que el pecado controla varios aspectos de nuestra vida y que nunca podremos vencer su negativa influencia sobre nosotros y quienes nos rodean mediante nuestro propio esfuerzo,  a menos de que entreguemos nuestra vida a Dios y le permitamos a él que maneje nuestros asuntos y nos ayude a tomar decisiones correctas y buenas.

Pon toda tu confianza en el Señor y entrégale tu vida a él para protección y guía de tu camino y para salvación de la muerte eterna. Sólo él puede protegerte. Sólo a Dios sea la gloria.

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